Otras publicaciones

martes, 3 de mayo de 2016

Hay algo peor que fracasar, no haberlo intentado.

Su prudente soledad lo llevaba a estar horas delante de un libro, tenía un sueño que había postergado por cosas de la vida -con el paso de los años hay planes que cuestan más-.  Se metía cada noche en su computadora para espiar un poco cómo era el día a día de amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para reírse quizás, para descubrir canciones o poesías.

Era un ritual.  Su café, su cigarro mentolado, un cúmulo de fotocopias marcadas con resaltadores gastados, una luz tenue que iluminaba lo necesario y una computadora a la que un tiempo más tarde, terminaría odiando.

En su habitación dormía alguien a quien había elegido y a quien definía como "diamante" así que no haría falta describir lo mucho que esa mujer significaba para él.  

Alguna vez lo oí contar al pasar que su vida estaba en orden, que era feliz, que todo tenía un lugar específico antes de que apareciera "ella".  La nombraba con odio y con amor.  Era casi imposible entender cómo podía alguien sentir con la misma intensidad sentimientos tan opuestos.  Por eso, preferí dejarlo hablar.  Él pidió su café y yo, lista para escuchar su historia, pedí licuado de ananá.

Sus ojos profundamente negros, su pelo que se dejaba decorar por el paso de los años, una expresión de tristeza en su mirada me impedía escuchar su relato sin  imaginar qué había detrás.

Al parecer, la historia nació así como nacen las historias del siglo XXI, una computadora de por medio, una red social, dos solitarios.  Nunca coincidieron. Ella parecía no necesitar a ningún hombre, aunque quizás se moría de ganas de caminar con alguien al lado.  Él se describía como un tipo fiel pero repitió en varias charlas "si no estuviera casado... quisiera estar con vos".  Ella era estricta consigo más que con el resto y él estaba acostumbrado a esquivar críticas que pudieran mancharlo.

Nuestra charla se hizo amistosa y me contó bastante de esta historia.  Él hizo el primero y ella el último regalo.  Creo que la pensaba y la quería más de lo que pudo contar, es que... como sospecharán, ese "si no estuviera casado..." dejó de ser tan determinante y terminó estando con ella.  Es cierto, quizás no como ella hubiese querido, quizás ni siquiera como él hubiese esperado.  

Me dijo que me había citado en ese café para contarme la historia porque era el lugar en el que todo había comenzado.  Me miró y susurró, casi con la voz quebrada "ella estaba sentada ahí mismo y yo exactamente donde ahora estoy sentado".  Le hubiese querido preguntar qué sintió la primera vez que la vio, pero creo que ya lo había olvidado.  Tenía tanto enojo que se me hacía difícil comprender qué pasaba por su cabeza, por su corazón y simplemente seguí buscando frases que explicaran ese amor del que ella tanto había hablado.   Es que no lo dije, a ella la conocí en un viaje a un pueblo lejano, algún tiempo atrás.

Le propuse a él que dijera palabras que la definieran y lamento tener que decir que, en su mayoría, eran palabras que no parecían esconder amor.  Soberbia, infantil, una boluda.  Sí.  Se que no es difícil encontrar gente con esas tres cualidades, pero... confieso que esperaba otras palabras.  Seguía intentando entender en qué momento, su relato coincidiría con lo que ella había dicho.  Lo miré durante las tres horas que me dedicó para permitirme contarles esta historia pero no pude sacar demasiado... quizás sea mejor dejarles los números y las anotaciones que ella guardó hasta hace algunos días.

Cuando la encontré en aquel pueblo estaba sacando fotos sola mientras el atardecer incendiaba el paisaje.  Tenía los ojos pequeños y se veía triste... no fue fácil que me dejara entrar en su mundo, pero valió la pena el esfuerzo porque nació una amistad y de ella, esta historia.

Me dijo que se habían visto veinticinco veces en poco más de tres años. Que al principio él se paseaba con ella de la mano y que de a poco, la iba soltando. Pudo verlo solamente una vez el mismo día en el que él cumplía años, elegía regalos  y le escribía cartas que ella misma le leía antes de arrojarlas a la basura para cuidarlo.  Pasaba semanas sin verlo.  En un momento, me dijo con la voz al borde del llanto "Jamás le reclamé nada, lo extrañaba todo el tiempo, lo amaba tanto..." y les juro que sentí pena.  

Tuve la sensación de que ella se quedó con la angustia propia de los "no comprendidos".  Me dijo que cuando pensaba en algo para sorprenderlo, él insistía con la idea de que ella hacía todo para convencerlo, para qué el la eligiera.  Parecía generarle angustia sentir que él tendía a tratarla de farsante, de "poco relajada".  En varias oportunidades mencionó que discutían mucho, qué él parecía descorazonado y que, basado en sus estudios, solía culpar a las "hormonas" de ella de causar los malos entendidos.

Me relataba la historia mientras tomaba fotos en ese furioso atardecer, y algunas lágrimas morían en su bufanda enorme, sus anteojos estaban empañados y yo no podía parar de preguntar.  Me contó muchas cosas que van a ser sólo una charla de amigas que no puedo publicar, pero esta historia termina con dos vidas que chocaron en un punto.  Él la detesta porque quisiera tenerla atada a su vida cada vez que algo no funciona, cada vez que se siente solo o cada vez que siente ganas de vivir y volver a soñar.  Ella siente que su amor se apagó con cada palada de arena que él iba tirando sobre esa fogata que hacía todo para sobrevivir y para iluminar.  

Hubo un silencio largo.  Las dos estábamos sentadas en el medio de la nada.  Frente nuestro, el sol prácticamente extinto.  Sobre nuestras cabezas, la luna nueva, tímida, delicada, escuchaba atenta y se nos sumaba.  Pregunté:  ¿puedo publicar un breve relato de esta historia?  ¿me permitís ir a buscarlo? ¿hay forma de que yo pueda hacer algo?  Contestó: nunca me creyó.  Le di mi tiempo, mi confianza, mi fidelidad y nunca entendió que esto no se trataba de ganar un juego.  Ahora entiendo que yo me tomaba seriamente su sufrimiento y la situación, y él... -suspiró- él únicamente estaba tratando de sentir que no estaba fuera de juego.  Yo fui eso en su vida.  Pienso así cada día y de a poco, lo voy olvidando.

Se que no es una historia con final feliz.  
Pero, las historias tristes sirven para que, cuando lleguen las felices, tenga sentido valorarlas.

Sus identidades no son publicadas, no porque lo hayan pedido sino porque ellos dos, son pasado.