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jueves, 16 de marzo de 2017

Prohibido Olvidar

Cuando sucedió la tragedia de Once todos pensamos que podríamos haber estado allí.

No importa si hacinados en el primer vagón para llegar primeros, como sentenció algún funcionario enrgúmeno en una declaración que recorrería todo el país.  

No importa si distraídos mirando un celular o leyendo un libro.

No importa si con la cabeza colgando de cansancio o escuchando música.

No importan los detalles de los que iban presos allí dentro, eran personas y como tales eran variadas, tenían sueños.

Hoy, en este viaje, me queda como espacio cómodo para ir leyendo justamente ese rincón inutilizado que tienen muchos trenes. Una especie de cabinita a la que se accede sin necesidad de abrir una puerta ni de forzar nada. Me paro acá y sonrío como si hubiese hallado agua en el desierto. De alguna forma, encontrar espacio en un transporte público te da casi la misma felicidad que ganarte un viaje al caribe. Conservo mi sonrisa y miro alrededor, nadie parece haber tenido en cuenta este recinto que parece olvidado hasta por los propios dueños de la formación.  Es un espacio de 1 x 2. Estoy cómoda.  De repente una angustia espantosa me cruza la garganta mientras viaja a mi retina, la imagen nítida y sonriente, de Lucas Menghini Rey aquel día en el que todos estábamos preguntándonos dónde estaría él. Mientras se nos anudaba el cuello viendo las caras de todas las víctimas fatales y las que no.

Yo estoy en un espacio que quizás Lucas miró con la inocencia y felicidad con la que yo celebré la posibilidad de viajar mejor. Estoy casi segura de que así fue.

No pude evitar pensar en que, así como la vida nos regala cosas mágicas que ni creemos merecer, otras veces nos somete a los dolores más inexplicables e impensados.  No es que quiera echarle la culpa a la vida de esto que ya tiene responsables con nombre y apellido. Simplemente me permití hacer ese recorrido imaginario con esas personas que tuvieron que ser "el precio" de algunos empresarios y funcionarios para hacer lo que debieron hacer mucho antes. La sentencia se repite, necesitamos mártires para actuar.

Mi abrazo a todas las familias que hoy extrañan a alguien que perdieron en esa tragedia y a los sobrevivientes que tienen que batallar contra el miedo cada vez que buscan su lugar en esta sociedad mezquina y ciega de tanta realidad.

Nunca sabemos lo que nos espera. Es una pena que la corrupción nos arrebate esa sonrisa pícara mientras nos obligan a perder... justamente  cuando creíamos que era posible ganar.