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miércoles, 21 de marzo de 2018

Phil Collins


El que espera, desespera. Hay momentos en los que una frase toma real sentido. Dos décadas esperando poder estar a metros de, a mi entender, uno de los tipos más formidables que parió la música.
Emociones encontradas, un sonido digno en un recinto que no entendía de moda porque las almas que estaban ahí iban a encontrarse con un pedacito de sus propias historias. Se veía en sus ojos, como en los míos, la ansiedad por ver entrar a Phil con su energía habitual, envuelto en alguna de sus canciones y dispuesto a regalarnos una noche inolvidable.
No se a otros pero a mi me dejó gusto a despedida, su voz peleando para lograr el brillo de sus mejores días, su paso calmo y sostenido por un bastón, un equipo de músicos que parecía ser consciente de que estaban trabajando con una leyenda viva y una silla que sería su escenario fijo en cada canción.
Qué ganas de abrazarlo fuerte y decirle gracias! Gracias por tu batería soberbia y por tus ojos sonrientes siempre. Por tu amor en lo que hiciste y por tus interpretaciones que durante décadas me prepararon para esta gran noche.
¿Para qué ser deshonesta? Esperaba más. Soñaba más. Pero la realidad me bajó a la tierra y me enseñó que, una vez más, estabas ahí atravesándonos la piel y colmando el silencio respetuoso con tu mágica e inconfundible voz.
Te seguiré como hace años y me seguirás con este recuerdo nítido que fábricaste ayer.
Hay mucho más que un show analizable técnicamente, hay una oportunidad de haber sido testigos de un escenario que algunos soñábamos prácticamente imposible. Quizás sea ese el motivo por el cual la palabra GRACIAS quede chica para agradecer que hayas guardado un día para el público argentino, un público que te regaló aplausos, gritos y silencios en los momentos correctos.
Gracias por ponernos en tu mapa y permitirme verte. Gracias por seguir alimentando esta curiosa clase de amor que te tengo desde hace 3 décadas